martes, 10 de junio de 2008

Las gaviotas ya no me gustan


Ayer me sentí de nuevo como una niña pequeña decepcionada ante la realidad. Como esa pérdida de inocencia cuando tus padres caen del pedestal donde tú misma los habías colocado. Si, algo así.

Para cambiar mi rutina e intentar apaciguar la depresión que se empieza a enquistar cómo un melancólico tumor, decidí desayunar en el balcón del comedor. Empezaba a atisbarse levemente el sol y aún no chillaban los esquizofrénicos niños del jardín de infancia cuyo patio interior mira al nuestro. Zumo de naranja, yogurt con levadura de cerveza y germen de trigo, y café con leche.

Las gaviotas revoloteaban por encima mío y eso me parecía un canto a la vida. Siempre me han gustado y, sobre todo, ese graznido que emiten. Guuuuackk! Guuuuuack!! Supongo porque me evocan a marineros, al mar, a ir de pesca... Y en eso estaba yo cuando un ruido seco y pesado me sonsacó de mi ensoñación. Una paloma había caído fulminada sobre el techo de uno de los patios interiores. Como si le hubiese dado un ataque al corazón, brusco y repentino.

Me quedé mirándola entre asqueada y triste. A los tres segundos una gaviota se acercó al cuerpo inerte de la paloma. Me imaginé que iba a comprobar como estaba o algo así, mientras tiraba de una ala y luego de otra. Pero de golpe, la aparente comprobación se convirtió en un picoteo salvaje y frenético. Hasta convertirse en una carnicería. Se lo comenté a mi compi de piso alarmada. Y es que lo que yo no sabía es que las gaviotas eran carroñeras y a más, violentas. Obviamente, después de eso se me quitaron las ganas de continuar desayunando y otro trozo de pseudoinocencia (o llana ignorancia) cayó al suelo.