martes, 28 de octubre de 2008

Desvaríos semietílicos en metros nocturnos


Rasgar los rasgos
hasta transfigurarlos.
Hasta que
tras desconocerse
tras deconstruirse en la eternidad
del momento concreto
de este presente,
que es arte,
y que existe sin existir
constituir el acontecimiento
que diga qué soy.

La voluntad del no retorno
El poder de la palabra no dicha

domingo, 26 de octubre de 2008

La danza de la muerte (o la vida no quiere bailar conmigo)


La muerte me danza
- como metáfora -
desde hace días
de las noches no me acuerdo.

Estoy por sacarla a bailar yo
pero temo equivocarme de paso.
Me lleva la ventaja de la infinitud.

La muerte me danza
entre los párpados
y detrás del sueño.

¿Sabes?
No lo haces nada mal,
nada mal.

Tranquila,
si me animo
no te evocaré en eufemismos.




El heraldo de la consciencia


Todas mis buenas intenciones, mis propósitos no son más que un puñado de polvo. El mismo que quedará de mi cuando todo esto estalle desde dentro hacia dentro. Me paro, miro hacia ambos lados, bajo la cabeza y observo el pequeño espacio que queda entre la suela de mis zapatillas y el sucio suelo - no es tan ínfimo como parece - y hacia arriba hasta que la torsión del trapecio se hace dolorosa. Detrás queda tanto que apenas lo recuerdo, delante tan poco que no puedo retenerlo. Me miro en picado y contrapicado, desde la raíz de mis remolinos hasta la turbulencia de mi sexo. Bueno, podría ser peor - me digo - muchísimo peor. Pero también mejor y aún no entiendo qué es lo que no llego a entender, qué ese ente incognoscible que soy yo misma.

Siempre me consideré poca cosa, más bien una sombra de una sombra disipada. Luego comprendí algunas cosas y, haciendo una exégesis de mi misma, me creí capaz de todo, o al menos de todo aquello que se me antojase. Ahora dudo entre lo primero y lo segundo. Ya no sé si me infravaloro o, en realidad, siempre fui un fraude, una decepción ensalzada.

Yo lo intento, juro que sigo intentándolo. Pero la duda empieza a ganar terreno y yo no tengo fuerzas ni para deconstruirla al modo cartesiano.




sábado, 11 de octubre de 2008

La Danza

Buscando la danza, no la de la muerte, la de la unión. La danza que es lucha que es lo Uno, que no, que no Dios. Es mucho más que eso, es real. La danza que se repliega entre sábanas y entre arena, en fríos suelos y entre terciopelo. La danza de lo real cuando la expansión, de aquello sin nombre e inconmensurable - que no, que sigue sin ser Dios- te abarca. El combate desnudo pero no indefenso. El puño cerrado aferrando un puñado de aire. Los dientes prietos y la mente en blanco de tanta imagen. Los ojos dentro de los ojos que están dentro. Diálogo de pupilas y papilas, de gestos enérgicos de calma extática. La tensión y distensión. La locura transitoria que es la máxima lucidez a la que puedes optar, al menos, de la que puedes casi ser consciente. La danza. Algo ancestral y primitivo que te devuelve. La antagónica batalla en la que ambas partes comparten teleología.





Aquello que besaba eran sólo unos labios. Encima de su comisura no había nada, sólo un enorme agujero negro como desecho de una onda expansiva balística nuclear. Sí, eran sólo unos labios. Unos labios desconectados de todo tipo de pensamiento o emoción. Se abrían, se cerraban, me acogían y me soltaban pero no lo hacían bajo ninguna orden racional aparente sino por alguna inercia mecánica que así los empujaba. Aquello que besaba eran sólo unos labios. Y me abarcó la incertidumbre al no saber si se debía a la absoluta oscuridad, a la locura que me acecha o al simple hecho de que esos labios eran tan sólo eso, una herida abierta ávida de alimento.



Caseum lingüístico

Amígdalas volcánicas
tengo las amígdalas llenas de todo lo que guardo.
Infección verbal.