domingo, 6 de diciembre de 2009


Justo le dije que ya no escribía. Y era verdad. No escribía porque no tenía nada que decir. Pero eso no era verdaderamente real. En realidad, tenía tanto que decir que todo se bloqueaba por momentos, como una presa bajo autocoacción. Yo le quería decir lo real, mi real realidad, pero me dejaba obnubilar por contingencias banales, como si eso fuese lo verdadero. Pero ella abrió la compuerta. Y ya todo fue irremediable. Entonces me di cuenta, o no, del supuesto engaño. O de la realidad aceptada. Pero mi yo temblaba totalmente. Y la risa y el llanto se entremezclaban en la mente. Pero tú te ibas con toda una historia anexa que nos distanciaba, y mis labios se sellaban por inercias que no le eran propias. No, no volveré a tropezar con la misma piedra. Pero la misma piedra brillaba con tal intensidad que hacía dibujar universos posibles. Universos que podrían ser nuestros. ¿Cuántas veces puede romperse un corazón y salir indemne de ello?