viernes, 29 de marzo de 2013

Conversaciones


Ya se ha ido mi hermano. No habíamos quedado nunca para vernos, para tomar algo los dos solos. Pese a haber vivido juntos, pese a estar cerca. Tengo casi 29 años, él casi 37. Nunca hemos discutido, apenas hemos empezado a hablar hace unos años. Hablar de lo banal, del trabajo y de qué tiempo hacía durante las dos horas de trayecto en coche hasta el pueblo donde pasábamos las navidades con el núcleo familiar. En realidad somos iguales, hemos pasado por lo mismo. Pasa en las mejores familias. No, la nuestra tampoco lo era. Pero jugamos a lo de siempre, lo que no se dice no existe. Así estamos más tranquilos y aquí no pasa nada. Pero sí que pasa, pasa que hay tres vidas que se rompieron en algún momento [perdón, cuatro], que se intentan rehacer, que se están rehaciendo. Pero tenernos enfrentados debe ser más fácil, nos debe hacer más débiles. Es la única razón para tenernos en contra, sin querer nosotros, durante tanto tiempo. Ya era el momento de decir las cosas. Siempre me he sentido un apéndice de mi familia, sola. El error ha sido pensar que sólo yo estaba en ese punto. Tantos años de absorción de autoestima y de existencia, de anulación de persona. Unas monedas a cambio. Eso siempre era el paliativo. Como a una puta (pienso en borrar esta frase, pero la voy a dejar, pese a que sigo temblando). El nudo en el estómago, el llanto profundo. ¡Y yo que pensaba que estaba superado! En realidad ya no lo hago por mi, lo hago por ella, esa inconmensurable mujer que lo tiene todo y a la que todo se lo han privado desde un principio. Sí, hablo de mi madre. Alguien a quien admiro con locura y quiero con más sinrazón. Nadie tiene el derecho de privar de su virtud, belleza y magnitud a alguien de semejante manera. Hasta dónde puede llegar el egoísmo o la ineptitud. Hablo desde la pena, pero también desde una rabia incipiente que pensaba acallada. Sí, todo lo que no se dice no existe, y quiero que esto sea real para sacarlo de mi. ¿Sabéis? Los cuatro somos magníficos y nos merecemos otra oportunidad. La oportunidad es nuestra y sólo nuestra. Sigo temblando, pero no lo de lo que digo. Los golpes no sólo vienen de los puños, también de las palabras (y de las no dichas) y de la ignorancia. Nunca es tarde, no. Nunca es tarde si es para ser(se), por fin. Con toda nuestra grandeza.