miércoles, 24 de abril de 2013


Se siente maldita. Pero no maldita por sino o castigo divino. Maldita por ella misma. Por lo que hace de ella. Odia su trabajo y, pese a que sólo ocupa la mitad de su jornada, ahora mismo es lo único que hace. La universidad parece un recuerdo lejano, como los grupos, como aquello que algo le removía. También el amor, abandonado por miedo o por no entenderse ni a si misma. Ahora sólo rachas de sueño infinitas alternadas con insomnio perpetuo. Poco a poco, algunos libros que despiertan algo, algunos garabatos automáticos. No mucho más. La pereza de moverse, el hastío del amanecer. ¿Qué hace falta para volver a la vida? Igual tocar más fondo. Eso suele decirse. Hace falta valor, sí, si lo que duele es la vida. Eso, y alguna cosa más.

14.4.13 - Más escritura automática


Sólo se oyen los grititos de los niños zumbando alrededor, corriendo, persiguiéndose con el patinete. Los padres están borrachos y hablan de la importancia de enseñar a sus hijos geometría y trigonometría. Uno de ellos es maestro de matemáticas y hace juegos de geometría con unos palillos de madera. Yo estoy sentada al lado. Es un bar que lleva un tipo andaluz y, siguiendo con la tradición, te pone una tapa con cada caña. He venido paseando desde casa. Llevo todo el día leyendo al sol y mi piel va a conjunto con mi camisa de franela roja a cuadros. Leñadora de vacaciones. Intentaba empezar el último de los relatos del libro de Félix Romeo pero el ruido me descentra, prefiero, para ello, un silencio quieto.

Me ha perturbado toda la historia de Chusé Izuel. Más que perturbado, me ha removido. Será porqué me he identificado con él de alguna manera. Pensaba en la eterna tristeza, esa que nunca acaba de diluirse, de desaparecer. Y en el desamor. El desamor y su insondable dolor. No, ahora estoy escribiendo esto. No, yo no me tiré por una ventana de una casa de Barcelona. Aunque lo pensé muchas veces. No siempre por desamor. No siempre por un motivo concreto. Mañana cumplo 29 años y es la excusa para parar un momento. Un momento que sea un hiato. Un hiato que rompa la queja y la quietud. Parafraseo hablando de Izuel que, a su vez, citaba a Emily Dickinson: lo que duele no es la muerte, es la vida lo que duele. Evidentemente, no todos ven las cosas del mismo modo. Hay quien a esta frase le dice algo y hay a quien le rechina. Y no es pesimismo. Se puede ser vitalista, muy vitalista, y entender esta frase. Se nos suele malinterpretar.

Juega el Barça y los padres intentan calmar a sus hijos para entrar en el bar y ver el partido. Les amenazan con volver a casa (no sé para quién es la amenaza realmente). Cuando era pequeña eso era lo que fervientemente deseaba. Supongo que por eso me meaba encima a propósito o echaba a correr como si me persiguiera el diablo. Noches en bares añejos, apestados de humo de puro y de güisqui solo. En realidad era una táctica efectiva, sobre todo eso de orinarse encima.

Ya reina un poco de calma, pero creo que seguiré escribiendo. He quedado con una de esas personas que marcó mi vida y por la que sufrí un gran desamor, de ese con el que me identificaba con Izael. Ya han pasado más de siete años. Las dos seguimos aquí. Y es reconfortable que así sea.

Ahora son los padres los que chillan entre remates y cabeceos a puerta. Nunca he entendido el fútbol, pese a que me encantaba jugar de pequeña. Siempre me escogían la última al formar equipos en la escuela. Y no por ser una niña. Estaba gordita y no metía un gol ni aunque la portería estuviese abandonada. Ahora el fútbol me parece anestésico a la par que aburrido. Ojalá otras cosas movieran de igual forma pasiones. Ya parece que ni el amor lo consigue. El amor, tan inescrutable siempre. Tan a destiempo. Tan maldito y necesario. Maldito seas, sí.

Una niña juega sola con el móvil de sus padres. Conversación imaginaria. Ahora nadie le hace caso. Por eso se inventa conversaciones. Yo ya me inventé a mi amiga imaginaria a la cual mi hermano mató delante mío, estrangulándola. No recuerdo como era. Me contaron que yo no paraba de gritar mientras mi hermano agarraba su cuello de aire, que él, obviamente, no veía. Debía estar muy sola para inventarme una amiga así. Luego sí que me quedé sola del todo. Las familias también son inescrutables, pero eso ya es otra historia. 


Foto extraída de: http://www.mundofotos.net/foto/negro_blanco/698710/terraza-de-bar-vacia

sábado, 13 de abril de 2013


En apenas 48 horas cumpliré 29 años. Que se dice pronto, que se pasa rápido. Rápido según se diga, con más pena que gloria. La gloria es para lo héroes y yo aún no he tenido el aliento. Entonces es cuando te da por mirar un momento hacia atrás, lo que se queda, lo que no vuelve. Los destiempos. Aún creo que eso era necesario, para ambas partes. Ahora, que me rompo en lo inconmensurable como si no hubiese sido yo la causa del efecto, no lo tengo tan claro. Ahora todo es vacuo. Y vuelves de otra manera. La distancia es otra, pero es distancia. En apenas 48 horas, cumpliré 29 años. Y empiezo a pensar en todo aquello de lo cual renegaba, i.d., una casa, una familia. Esa calma, estar en casa. Todo lo que quería estaba ahí, pero de otra manera. Intentas la evasión, pero todo te vuelve a lo mismo. Idiota, sí, idiota. Al final se fue la luz y sólo quedó la lámpara de sal con  su luz cambiante.