lunes, 21 de julio de 2014

Eivissa



Serpenteando carreteras ibicencas. The Smiths sonando bien fuerte. El viento en la cara, azotando. Todo el tiempo del mundo (como si así lo fuera) por delante. Una extraña felicidad incipiente y creciente, entre miradas. ¿Era todo tan fácil? Quizás sí. Aunque sea sólo eso. Sólo eso y tan inmenso. Tan intenso. Dejar envolverse sin más. Dejarse llevar. Compartirse hasta el máximo extremo. ¿Para qué dejar algo atrás? ¿O por qué no dejarlo todo? Respirar hondo y fuerte, levantar la cabeza. Sonreír al aire, estirar los brazos. Sentir ese extraño hormigueo olvidado. Sonreír de nuevo. El paisaje deslumbrando a ráfagas, los ojos perdidos entre él. Podría morirme ahora, pienso. Lo mejor es que justo por eso no  quiero. El mar, siempre el mar. Y tú ahí. Como casi una casualidad. Tan casual como real. Y entonces todo da igual. Sólo las pupilas pueden hablar. Y el vaivén del mar. El vaivén. Ese meceo incesante. El abrazo del sol fundiéndose en el mar. Surcándolo todo. No querer volver a pisar la tierra. No volver a tierra firme. Todos los lugares posibles, ninguno de ellos basta. Incluso compartidos. Sin mirar ni hacia atrás ni hacia adelante. Sólo ese punto fijo, profundo y callado. La pupila y la sonrisa compartida. Y el abrazo de(l) mar. Y...