sábado, 19 de septiembre de 2015

Melody day



Salir del metro como de la boca del lobo, como del infierno que se apodera de Barcelona. Llegar a casa como Cenicienta. Sin carroza y sin ratones que se escabullan, pero con un gran ensayo, con un ensayo memorable. Tras esta semana - ¡otra más! - eterna de hastiado trabajo y otras vicisitudes. Encontrarse con las seis y también, de nuevo, con las otras cuatro. Las cuerdas, sí, y ellas dos. Casi la misma sangre. O quizás mucho más que eso. Una fisura en el tiempo y en el espacio. Una obertura en esta ciudad. En esta ciudad en la que me empezaba a ahogar pero a la que Bolaño y la música empiezan a dar un respiro. Sí, crear es tan necesario como reír. Y como llorar, también. Como todas las expresiones posibles. Como a todo a lo que podemos estar abiertos. Y expuestos. Envidio a Arturo Belano en su vida errante y errada, sin sentido pero sentida. Igual no se diferencia tanto, pero la ficción engrandece. Aunque no sea ficción. Me imaginaba con diez años menos, cuando deambulaba por la Comtal como quien se encontraba en cada pérdida. Sin mapa pero con rumbo fijo. Todo se hallaba. Los sitios, las personas, los huecos. Bolaño, el chileno, dice, decía: “La vida está llena de problemas, aunque en Barcelona, en aquellos años, la vida era maravillosa y a los problemas les llamábamos sorpresas”. No recuerdo el momento en que dejé de pensar en los hechos como sorpresas. Es un poco todo eso de cuando dejamos de ser niños, ¿no? No, creo que es otra desilusión. Pero vuelven las ganas de callejear con unos cuantos libros debajo de un brazo y una libreta debajo del otro. Eso no es desilusión. Eso es reversión. Vuelven las ganas de hablar hasta el amanecer de vino, de poesía o de virtud. De dejarse llevar, de serseparaunoyconlosotrosenlamúsica aunque suene demasiado cursi. Igual es el momento de serlo. En realidad nunca ha dejado de serlo. Pero a veces nos apaciguamos, nos dejamos llevar por las aparentes necesidades tan realmente innecesarias y nos perdemos las sublimes contingencias. Somos muy cobardes. O muy ineptos. O las dos cosas, que es peor. Y de golpe viene el ansia. El ansia de vida y de todo lo que lleva detrás. Lo bueno y lo malo. AHG. No, hay cosas que no van a cambiar. Ese ansia que a veces lo devora todo. El todo y la nada en una línea. Y también te echo de menos, sí. En casi todos los aspectos. Pero de un modo más lejano. Casi como lejana estás tú. No apacible, pero apaciguada. De momento. Pero eso lo dejamos para otro día. 

sábado, 5 de septiembre de 2015

Desvaríos

Justamente el blanco. El blanco en los dientes. En realidad no sé porqué escribí eso. ¿Qué blanco? ¿Qué dientes? La enajenación de la noche. El sin sentido de la vida. Me sentía Belano, Arturo Belano. La furgoneta rebosando música y yo atrás sin sentir la conversación. No importa. El golpe de pecho como un impulso. Sentir todo eso que leía pero de otra manera. Sí, la intensidad me va a matar. De pena o de locura. Igual más de locura. Adentrarse en la literatura y alejarse de todo lo demás. Ahora me ha venido. Ahora caigo, joder, era el blanco de sus dientes mientras me hablaba. Mientras hablábamos de ella. Eran sus dientes, pequeños y afilados, como de leche, como de una niña pequeña. Pero ella no lo es. Es mayor que yo y se resiente. En realidad no, en realidad todo eso ya ha pasado, por suerte. Y también por suerte la mía. Y ahora aquí sola con toda la montaña. La montaña que es arena. Que al final es polvo. Pregúntale al polvo, ¿no? Ay Bandini, ¿qué harías tú ahora?