Serpenteando carreteras ibicencas. The Smiths sonando bien fuerte. El viento en la cara, azotando. Todo el tiempo del mundo (como si así lo fuera) por delante. Una extraña felicidad incipiente y creciente, entre miradas. ¿Era todo tan fácil? Quizás sí. Aunque sea sólo eso. Sólo eso y tan inmenso. Tan intenso. Dejar envolverse sin más. Dejarse llevar. Compartirse hasta el máximo extremo. ¿Para qué dejar algo atrás? ¿O por qué no dejarlo todo? Respirar hondo y fuerte, levantar la cabeza. Sonreír al aire, estirar los brazos. Sentir ese extraño hormigueo olvidado. Sonreír de nuevo. El paisaje deslumbrando a ráfagas, los ojos perdidos entre él. Podría morirme ahora, pienso. Lo mejor es que justo por eso no quiero. El mar, siempre el mar. Y tú ahí. Como casi una casualidad. Tan casual como real. Y entonces todo da igual. Sólo las pupilas pueden hablar. Y el vaivén del mar. El vaivén. Ese meceo incesante. El abrazo del sol fundiéndose en el mar. Surcándolo todo. No querer volver a pisar la tierra. No volver a tierra firme. Todos los lugares posibles, ninguno de ellos basta. Incluso compartidos. Sin mirar ni hacia atrás ni hacia adelante. Sólo ese punto fijo, profundo y callado. La pupila y la sonrisa compartida. Y el abrazo de(l) mar. Y...
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