sábado, 5 de septiembre de 2015

Desvaríos

Justamente el blanco. El blanco en los dientes. En realidad no sé porqué escribí eso. ¿Qué blanco? ¿Qué dientes? La enajenación de la noche. El sin sentido de la vida. Me sentía Belano, Arturo Belano. La furgoneta rebosando música y yo atrás sin sentir la conversación. No importa. El golpe de pecho como un impulso. Sentir todo eso que leía pero de otra manera. Sí, la intensidad me va a matar. De pena o de locura. Igual más de locura. Adentrarse en la literatura y alejarse de todo lo demás. Ahora me ha venido. Ahora caigo, joder, era el blanco de sus dientes mientras me hablaba. Mientras hablábamos de ella. Eran sus dientes, pequeños y afilados, como de leche, como de una niña pequeña. Pero ella no lo es. Es mayor que yo y se resiente. En realidad no, en realidad todo eso ya ha pasado, por suerte. Y también por suerte la mía. Y ahora aquí sola con toda la montaña. La montaña que es arena. Que al final es polvo. Pregúntale al polvo, ¿no? Ay Bandini, ¿qué harías tú ahora?

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