Siempre que llega esta época de noches más cálidas, de un nuevo verano, me golpea una imagen y un olor muy característico. Se toca. Una habitación enorme y de techos altos llena de espeso humo, como una niebla, en passeig de Sant Joan. El escritorio atiborrado de papeles y libros, Eingya de Helios en bucle - lo he vuelto a poner-, estrés calmo. No sé si era el primer o segundo año de Filosofía. Creo que el segundo. Como siempre, todo a último momento, sin haber ido a clase, examen o trabajo al día siguiente. La madrugada, pausa para salir al balcón de piedra modernista en semicírculo con esa mesa de madera y sus dos sillas que un día encontró Oriel en la calle y yo me empeciné en decir que no cabía. Era perfecta. Algunos coches, pero una quietud tan apacible como para quedarse en ella. En casa duermen. Yo debo haber tomado ya varios cafés. Sonrío tontamente mirando a Jacint Verdaguer. Estoy ahí ahora. Es curioso, pero alguno de los terapeutas con los que trabajé mis épocas de ansiedad y depresión me dijo eso de pensar en un lugar tranquilo, que me diese paz, donde refugiarme cuando entrase en pánico. No me había dado cuenta de que ese es uno de ellos, de los más importantes. Mi primer hogar. Donde conocí a personas que me brindaron el hiato. Había mucha destrucción en mi, pero también aliciente que ellos alentaron. Eso de sentirse muy vivo. De querer dormir de agotamiento y tristeza pero no querer dormir más, de vida. De pensar menos, hacer más. O quizás no, y ahora lo tergiverso. El recuerdo reinventa. No importa. No sé si es que me hago mayor, pero cada verano lo recuerdo con más fuerza. Puede que sea demasiada nostalgia, pero me queda como remanso.
viernes, 4 de junio de 2021
Nostalgia de un verano
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario