
La migraña ha vuelto. Bueno, en realidad volvió hace ya unas semanas. Tantos días que se me hace difícil discernir cómo se vivía sin ella. Me levanto esperando que se haya enganchado a algún sueño y con ello no sea de nuevo mi compañía punzante, pero es en vano. Como latidos martilleando bajo el párpado derecho, luego posada encima de los dos globos para acabar el día crujiendo en seco sobre la sien izquierda.
Hoy no ha sido la excepción así que, tras engullir la primera comida del día a las tres de la tarde, me he metido en mi cama encima del nórdico a modo de efímera siesta para acabar quitándome la corbata y adentrándome bien abajo, buscando aniquilar la preciosa luz que se filtraba por el balconcete. Y he vuelto a soñar con baños sucios.
Es el único sueño que recuerdo, el último de todos, ese que hace que tras levantarte con una espesura mental palpable, hace que toda la realidad se sienta confusa e incómoda.
No recuerdo muy bien como empezaba pero yo estaba dentro de un barco. Era un barco de cercanías, algo así como un vagón de RENFE acuático. Estaba lleno de punks y demás personajes variopintos. Poco a poco el interior se iba ensanchando mientras yo buscaba un lugar donde sentarme. En lugar de los típicos asientos, había mesas y sillas a lo típico bar de señores de la tercera (o cuarta) edad con puros y partidas de cartas. Pero ningún sitio me parecía lo suficientemente bien situado como para depositarme en él.
Así que me internaba por uno de sus pasillos, oscuros, caóticos y con cuadros de escenas campestres y de cacerías (un poco a lo bar Benidorm). Había un tipo detrás de un pequeño atril a modo de recepción. Quizás era una chica. La cosa es que hablaba con otra persona y le indicaba los precios de los apartamentos. Entonces me percataba de que había unas puertas destartaladas enfrente mío. Era realmente barato: 200€ mensuales la de dos habitaciones y 250€ la de tres. Eso me hacía plantearme si debía mudarme de mi piso. Total por el mismo precio podía vivir sola. Pero claro, eso era un barco y la pinta que tenía la gente que había por ahí no me daba demasiada confianza. Si era tan barato alguna pega debía tener, me decía.
Igualmente me animé a entrar en uno de ellos. Pero parece ser que me equivoqué de puerta porque aquello era un baño público. Sólo tener un pie dentro me vino a la mente la mítica frase de "Trainspotting" que siempre resurge cuando entro a un lavabo de similares características: "El peor lavabo de Escocia". Y sí, eso no sé si sería Escocia pero aquello era escabroso. El tema es que en ese momento me quería duchar, es más, tenía una ganas apabullantes de meterme bajo el agua pero no había ni un sólo plato de ducha que se pudiera pisar. Estaban como llenos de vómitos, en uno incluso había un escurridor lleno de verduras. Los váteres eran imposibles de describir sin una nausea entre sujeto y predicado. Todo en colores rojos y ocres como una instantánea tomada sin flash y a baja exposición.
Obviamente, después de ese bucólico visionado no sólo descartaba la opción de la ducha si no sobre todo la de la posible mudanza. Así que salí dignamente y me adentré en otro pasillo en busca de algún recóndito asiento hasta llegar a mi destino. Fuese cual fuese el mismo.
Y así me he despertado, con ese asco aún latente pero la migraña algo mitigada. Lentamente he recogido el cigarrillo a medio liar que había dejado en el cenicero y he acabado el café frío que esperaba junto al ordenador. He intentado buscar el significado de este sueño, pues he tenido ya tres o cuatro similares, pero sin mucho éxito. Así que he decidido compartirlo o al menos sacarlo aquí. La catarsis onírica en forma de blog.
Hoy no ha sido la excepción así que, tras engullir la primera comida del día a las tres de la tarde, me he metido en mi cama encima del nórdico a modo de efímera siesta para acabar quitándome la corbata y adentrándome bien abajo, buscando aniquilar la preciosa luz que se filtraba por el balconcete. Y he vuelto a soñar con baños sucios.
Es el único sueño que recuerdo, el último de todos, ese que hace que tras levantarte con una espesura mental palpable, hace que toda la realidad se sienta confusa e incómoda.
No recuerdo muy bien como empezaba pero yo estaba dentro de un barco. Era un barco de cercanías, algo así como un vagón de RENFE acuático. Estaba lleno de punks y demás personajes variopintos. Poco a poco el interior se iba ensanchando mientras yo buscaba un lugar donde sentarme. En lugar de los típicos asientos, había mesas y sillas a lo típico bar de señores de la tercera (o cuarta) edad con puros y partidas de cartas. Pero ningún sitio me parecía lo suficientemente bien situado como para depositarme en él.
Así que me internaba por uno de sus pasillos, oscuros, caóticos y con cuadros de escenas campestres y de cacerías (un poco a lo bar Benidorm). Había un tipo detrás de un pequeño atril a modo de recepción. Quizás era una chica. La cosa es que hablaba con otra persona y le indicaba los precios de los apartamentos. Entonces me percataba de que había unas puertas destartaladas enfrente mío. Era realmente barato: 200€ mensuales la de dos habitaciones y 250€ la de tres. Eso me hacía plantearme si debía mudarme de mi piso. Total por el mismo precio podía vivir sola. Pero claro, eso era un barco y la pinta que tenía la gente que había por ahí no me daba demasiada confianza. Si era tan barato alguna pega debía tener, me decía.
Igualmente me animé a entrar en uno de ellos. Pero parece ser que me equivoqué de puerta porque aquello era un baño público. Sólo tener un pie dentro me vino a la mente la mítica frase de "Trainspotting" que siempre resurge cuando entro a un lavabo de similares características: "El peor lavabo de Escocia". Y sí, eso no sé si sería Escocia pero aquello era escabroso. El tema es que en ese momento me quería duchar, es más, tenía una ganas apabullantes de meterme bajo el agua pero no había ni un sólo plato de ducha que se pudiera pisar. Estaban como llenos de vómitos, en uno incluso había un escurridor lleno de verduras. Los váteres eran imposibles de describir sin una nausea entre sujeto y predicado. Todo en colores rojos y ocres como una instantánea tomada sin flash y a baja exposición.
Obviamente, después de ese bucólico visionado no sólo descartaba la opción de la ducha si no sobre todo la de la posible mudanza. Así que salí dignamente y me adentré en otro pasillo en busca de algún recóndito asiento hasta llegar a mi destino. Fuese cual fuese el mismo.
Y así me he despertado, con ese asco aún latente pero la migraña algo mitigada. Lentamente he recogido el cigarrillo a medio liar que había dejado en el cenicero y he acabado el café frío que esperaba junto al ordenador. He intentado buscar el significado de este sueño, pues he tenido ya tres o cuatro similares, pero sin mucho éxito. Así que he decidido compartirlo o al menos sacarlo aquí. La catarsis onírica en forma de blog.

Gracias por compartir algo tan personal...
ResponderEliminarme esta encantando tu blog...
me ha recordado un poco al mio cuando comencé...