domingo, 26 de octubre de 2008

El heraldo de la consciencia


Todas mis buenas intenciones, mis propósitos no son más que un puñado de polvo. El mismo que quedará de mi cuando todo esto estalle desde dentro hacia dentro. Me paro, miro hacia ambos lados, bajo la cabeza y observo el pequeño espacio que queda entre la suela de mis zapatillas y el sucio suelo - no es tan ínfimo como parece - y hacia arriba hasta que la torsión del trapecio se hace dolorosa. Detrás queda tanto que apenas lo recuerdo, delante tan poco que no puedo retenerlo. Me miro en picado y contrapicado, desde la raíz de mis remolinos hasta la turbulencia de mi sexo. Bueno, podría ser peor - me digo - muchísimo peor. Pero también mejor y aún no entiendo qué es lo que no llego a entender, qué ese ente incognoscible que soy yo misma.

Siempre me consideré poca cosa, más bien una sombra de una sombra disipada. Luego comprendí algunas cosas y, haciendo una exégesis de mi misma, me creí capaz de todo, o al menos de todo aquello que se me antojase. Ahora dudo entre lo primero y lo segundo. Ya no sé si me infravaloro o, en realidad, siempre fui un fraude, una decepción ensalzada.

Yo lo intento, juro que sigo intentándolo. Pero la duda empieza a ganar terreno y yo no tengo fuerzas ni para deconstruirla al modo cartesiano.




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