domingo, 21 de junio de 2015

Desnudarse



La total incertidumbre. No atosiga pero desasosiega. José González intenta amansar la inquieta quietud. Debería parar un rato. Un rato de real reposo en todos los sentidos. Pero la marea grita y yo aún oigo. Se me duermen las manos, noto el hormigueo como recorre mis brazos hasta las puntas de mis dedos. La punzada que cruza el nervio espinal. Mi cuerpo me grita y mi mente no quiere oírle. Todo va siguiendo, sí, esas malditas inercias y mi manía de dejarme llevar por ellas. Pero el ancla sigue. Los encantadores lastres que te cogen por los tobillos y te recogen el corazón. Ese pasado que no quiere pasar, esa memoria que recuerda demasiado. Ese futuro que se difumina por momentos. Soñé en tener una casa contigo. Me imaginaba cada despertar, cada desayuno. Incluso proyectaba esa inmensa biblioteca que llenaríamos juntas. No, no puede uno retroalimentarse de lo que ya no va a ser, de lo que no va a ser porque uno mismo no ha querido o podido tener. Sólo necesito que te recoloques en otro estrato, que yo te ponga en otro lugar donde no obstruya la vía de acceso. Que tu sombra no enturbie todo lo demás, sin que conscientemente me dé cuenta. (Des)quererte de otra manera. Creo que hoy ya me despido de ti. Me despido de esa otra manera. La inquietud y la incertidumbre van a seguir ahí, pero al menos habrá una vía libre de emergencia. 

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