Vuelvo de la montaña. La montaña cercana, pero la que te aleja de todo. Apenas cuatro días que no te permiten despojarte de la realidad, de la velocidad, pero sí sacarte todos los malditos miedos. Sobre lo único que he escrito allí estos días, y me sigue doliendo, es sobre el miedo. Pero no es el miedo a la montaña, a caminar sola y perderme o herirme, si no a que me hieran. A que me hiera El Hombre. Siempre he viajado sola, desde muy joven, en ciudad o montaña, y nunca me había pasado. Hasta el año pasado y tras un caso en concreto mediático. Qué terrible caminar todo el rato mirando atrás, ¿he escuchado algo? ¿no estoy sola? Me da rabia tener que pensar mis viajes solitarios con este miedo que no debería ser. Es absurdo, pero no debo olvidar que es real. ¿Prefería la inconsciencia? Luego, superado eso, ya surgen los miedos propios, el miedo a perder el control, a perderse. Y ver que la velocidad, justo, no se desvanece, que el fondo siempre es el fin y que el camino es apenas una angustia. Mierda ¿por qué? Estaba huyendo de eso. Al final se consigue un aposento y pienso en proyectarme. ¿Podría vivir ahí? ¿Separarme de todo? ¿Bajar el beat? No. Y vuelvo a la ciudad, a un lugar de cuidados como Prole, y me interpela un libro con mi nombre y casi mi historia proyectada. Sin un narcopiso un encima, sin el peso de una misma. ¿Qué nos queda? ¿Cómo dejar de hacernos daño en esta ciudad? Sinceramente estoy agotada. He intentado cuidar a toda la gente que amo, pero me quedé exhausta. Huí para recargar, pero pienso que no hay tanta energía en el mundo para esto. Sigo creyendo.
viernes, 20 de noviembre de 2020
La montaña, yo y todo lo demás
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario