
A veces parece casi irremisible creer en Dios. En realidad es sólo un momento, un atisbo. Ir en tren, mirar por la ventana y que, tras una increíble nebulosa, resurja una incandescente luz. Parece un milagro demasiado bucólico pero es sólo el contorno de nuestra realidad. Ella duerme apoyada en la ventana. Yo no la toco por si se despierta y porque respeto sus opciones. Miro hacia otro lado como para quitarle peso al segundo quieto, pero el corazón compungido sigue aguantando el aire. Sí, todo eso lo he sentido, todo eso estaba ahí en ese lapso de tiempo. Y yo he sentido el abismo en los ojos, el charco derrumbándose en los párpados. Quizás no era tan desbordante pero cuando lo epidérmico se vuelve visceral, lo estoico se queda en los libros. Y así lo inabarcable se vuelve factible, casi un juego de niños. Pero ya no somos niños y lo mejor de todo, es que ,por ese leve instante, eso tampoco importa.

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