
Se acaba el verano. Por fin. Ese amalgama embriagador y enajenante, impredecible y trasnochado. Un verano más largo que las noches de invierno. No, no me quejo. Esta retahíla de palabras no son un lamento, pero sí un suspiro de descanso, de necesidad de un poco de cotidianidad, de latidos sin arritmias. No, tampoco estoy apartando la vida como "la aventura" de Simmel ni como la necesidad de reto - por no decir de amor - que activa mi intención, que intenciona mi acción. Pero sí algo más sencillo, algo más pausado que permita asentar y dejar macerar todo lo transcurrido en estos días más cortos y de más sol.
Un poco de frío, de esa lucidez de invierno. Sentir de nuevo el aire húmedo del amanecer en la playa, de la noche en el mundo. Como esas canciones de folk desolado y melancólico pero tan sumamente brillantes. Sí, por un momento necesito que esa quietud callada regrese para equilibrar lo dionisiaco de estas semanas, de estos meses. Ya que mi vida carece de equilibrio, que se alimenta de la lucha de antagónicos que soy yo misma, ahora pido un poco de eso, para romper la balanza. Para volver a empezar.
- reinicio-
Gracias por abrazarme en la noche.

No hay comentarios:
Publicar un comentario