Sólo se oyen los grititos de los niños zumbando alrededor, corriendo, persiguiéndose con el patinete. Los padres están borrachos y hablan de la importancia de enseñar a sus hijos geometría y trigonometría. Uno de ellos es maestro de matemáticas y hace juegos de geometría con unos palillos de madera. Yo estoy sentada al lado. Es un bar que lleva un tipo andaluz y, siguiendo con la tradición, te pone una tapa con cada caña. He venido paseando desde casa. Llevo todo el día leyendo al sol y mi piel va a conjunto con mi camisa de franela roja a cuadros. Leñadora de vacaciones. Intentaba empezar el último de los relatos del libro de Félix Romeo pero el ruido me descentra, prefiero, para ello, un silencio quieto.
Me ha perturbado toda la historia de Chusé Izuel. Más que perturbado, me ha removido. Será porqué me he identificado con él de alguna manera. Pensaba en la eterna tristeza, esa que nunca acaba de diluirse, de desaparecer. Y en el desamor. El desamor y su insondable dolor. No, ahora estoy escribiendo esto. No, yo no me tiré por una ventana de una casa de Barcelona. Aunque lo pensé muchas veces. No siempre por desamor. No siempre por un motivo concreto. Mañana cumplo 29 años y es la excusa para parar un momento. Un momento que sea un hiato. Un hiato que rompa la queja y la quietud. Parafraseo hablando de Izuel que, a su vez, citaba a Emily Dickinson: lo que duele no es la muerte, es la vida lo que duele. Evidentemente, no todos ven las cosas del mismo modo. Hay quien a esta frase le dice algo y hay a quien le rechina. Y no es pesimismo. Se puede ser vitalista, muy vitalista, y entender esta frase. Se nos suele malinterpretar.
Juega el Barça y los padres intentan calmar a sus hijos para entrar en el bar y ver el partido. Les amenazan con volver a casa (no sé para quién es la amenaza realmente). Cuando era pequeña eso era lo que fervientemente deseaba. Supongo que por eso me meaba encima a propósito o echaba a correr como si me persiguiera el diablo. Noches en bares añejos, apestados de humo de puro y de güisqui solo. En realidad era una táctica efectiva, sobre todo eso de orinarse encima.
Ya reina un poco de calma, pero creo que seguiré escribiendo. He quedado con una de esas personas que marcó mi vida y por la que sufrí un gran desamor, de ese con el que me identificaba con Izael. Ya han pasado más de siete años. Las dos seguimos aquí. Y es reconfortable que así sea.
Ahora son los padres los que chillan entre remates y cabeceos a puerta. Nunca he entendido el fútbol, pese a que me encantaba jugar de pequeña. Siempre me escogían la última al formar equipos en la escuela. Y no por ser una niña. Estaba gordita y no metía un gol ni aunque la portería estuviese abandonada. Ahora el fútbol me parece anestésico a la par que aburrido. Ojalá otras cosas movieran de igual forma pasiones. Ya parece que ni el amor lo consigue. El amor, tan inescrutable siempre. Tan a destiempo. Tan maldito y necesario. Maldito seas, sí.
Una niña juega sola con el móvil de sus padres. Conversación imaginaria. Ahora nadie le hace caso. Por eso se inventa conversaciones. Yo ya me inventé a mi amiga imaginaria a la cual mi hermano mató delante mío, estrangulándola. No recuerdo como era. Me contaron que yo no paraba de gritar mientras mi hermano agarraba su cuello de aire, que él, obviamente, no veía. Debía estar muy sola para inventarme una amiga así. Luego sí que me quedé sola del todo. Las familias también son inescrutables, pero eso ya es otra historia.
Foto extraída de: http://www.mundofotos.net/foto/negro_blanco/698710/terraza-de-bar-vacia


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