viernes, 1 de noviembre de 2019

Acabo de escupir a mi hermana todo lo que pienso. Bueno, igual todo no, la sinceridad pura duele tanto que se aborrece. No nos gusta ¿no? Es como esa disonancia necesaria. Y justo ahora Silvia Pérez Cruz con Raül y Carabelas Nada. Llega el momento del todo o el nada, cuando justamente queda poco. ¿De qué nos escondemos? ¿De qué tenemos miedo? ¿Es este cuerpo que no es mío que es mío? ¿Es esa imagen que no reconozco? Y cada vez que escucho el cante jondo, algo se rompe dentro. No sé bien el qué. ¿Tanto arrulla el río que no es río? Voy a dejar el brazo de muñeca encima de la pantalla. Como miembro inerte de algo que quiere señalar. Pero laxo. No, no me quiero así, porque esto que tengo en mi piel, no es la piel que yo quiero. El trabajo es mío. Sí. Y la losa que le acompaña. La mano de plástico que señala. Bueno, a ver, ¿y tú qué haces? Ya va tiempo ¿no? ¿Qué excusa? Tengo varias para postergar hasta el infinito, pero hay un límite. El límite. No me reconozco, al final era un poco eso. O más bien "no quiero reconocerme así", para ser más estrictos. Qué tontería. Obviar lo obvio. Algo que nunca he hecho, leerme. Pensar en borrar, pero eso va en contra del nacimiento de este blog, de la pureza y sinceridad. Lo dejo aquí. No corrección, y acabo de leer la obra de Bernhard.

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