
La noche no me deja dormir. Ni la ciudad con sus llantos de sirena de asfalto. Quizás sea la luz que se filtra sin permiso entre las rendijas de las contraventanas o puede que simplemente el calor que se pega a la piel que se pega al colchón. O la naturaleza hambrienta con su zumbido incansable y obstinado. Ni siquiera el mundo onírico reposa laxo algún segundo, como si tuviera que vaciarse por completo, apresurado, a veces turbio, a veces diáfano y refinado. Pero siempre en color, siempre demasiado vivido, traspasando todos los estratos que se esconden tras el párpado abierto. A ratos el libro lee, a ratos la pluma sigilosa y al acecho como si, en cualquier momento, asomase la suculenta presa que nunca aparece. El balcón frío de piedra y de charcos pretéritos pero cálido de olor blanco sureño, que evoca esas raíces innegables pero lejanas. Y así, las horas cambian de dueño. Y así, participo de ello. La noche no me deja dormir, pero he de reconocer que yo, a veces, tampoco le dejo dormir a ella.
Sonó en algún momento: Tricky - "My mermaid"

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