Que primer día de año tan atípico, pero tampoco esperaba menos. Aunque ha sido atípico-bien, o algo así. Otro fin de año juntas, acostarse pronto, desayunar en la cama. La ciudad gris y en calma, el aire polar cortando la piel (no los labios, algo bueno tiene la mascarilla). La Plaza Real casi toda para mi. Menú para uno (pena que no fuese para dos, pero tenemos todo el tiempo del mundo). La mente despejada y expandida, por carencia de toxicidad y por exceso de frío. Volver a casa que, por suerte, sigue vacía. Tristán, libros, guitarlele y manta. Último paseo fugaz en compañía antes del toque de queda. Volver con la casa para mi. He echado de menos ver caras amigas que esperaba, pero mañana vuelve a empezar todo. Este año no hubo lista de propósitos, sí el pequeño ritual de cada año, de aquello que proyectas y aquello que dejas. Bueno, miento, sí puse un deseo/propósito: encontrar piso. Y C. me envío un mensaje con uno a primera hora del día. Cruzo dedos, ya van varias casualidades. Sería un estresado pero genial inicio de año. Para todo. Un resorte. Hoy suena la BSO de Brad Mehldau Mon chien stupide. Ahora solo pienso en sacar el piano y contrabajo del tema central. E iremos a verlo en dos semanas, me hace muy feliz. Lo que escribo es cada vez más cotidiano e insustancial. Igual me he vuelto menos intensita. O aburrida. O ambas a la vez. Escribo sin pulsión, un poco obligada, para crear una rutina que no debe serlo en sí. Pensaba en este año y solo podía visualizar un terreno de conreo en barbecho, tras quitar todas las malas hierbas, hasta aquellas que no lo eran tanto. Un terreno como tabula rasa, como oportunidad pero también como abismo. ¿No lo es siempre así? Como si se hubiesen ido mil años en uno solo. O varias vidas. Es una sensación que aun no consigo definir. Hay una devastación pero a la vez una inmensa calma. Casi como si ya nada importase. Quizás, que ya no importase porque ya no hay esa proyección enfermiza de futuro y sí una huída del pretérito. Que el pensamiento solo se ocupa de qué voy a hacer o comer hoy. Sé que no es del todo cierto, pero algo ronda por ahí. Tampoco la presión social. Ahora ser una ya no es extraño. Justo creo que uno de los deseos a proyectar el pasado fin de año era perder el/los miedo/s. Puede que también la cosa vaya por ahí. Siguen miles de ellos pero hay como una tranquilidad para con quien estoy siendo. Lo que no encaja no se va a forzar más. Quien queda, queda. Me cansé de excusarme y de algunos perdones. También hacia mi familia. Ya no ser esa niña ante ellos. La vulnerabilidad como espacio, no como límite. O puede que solo esté algo deprimida. Quelque chose. Voy a darle al Henri's lament de Mehldau. Sí, también pido recuperar para este año la música tal y como me vino primigeniamente. Pero hay que ponerse.


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